26 luglio 2013

A MARSALA SI RILEGGE FEDERICO GARCIA LORCA




Leyendo a García Lorca
Leggendo García Lorca
28 de julio de 2013
28 luglio 2013
Marsala

Chiostro del Carmine


Éste es el prólogo

Dejaría en este libro
toda mi alma.
Este libro que ha visto
conmigo los paisajes
y vivido horas santas.

¡Qué pena de los libros
que nos llenan las manos
de rosas y de estrellas
y lentamente pasan!

¡Qué tristeza tan honda
es mirar los retablos
de dolores y penas
que un corazón levanta!

Ver pasar los espectros
de vidas que se borran,
ver al hombre desnudo
en Pegaso sin alas,

ver la vida y la muerte,
la síntesis del mundo,
que en espacios profundos
se miran y se abrazan.

Un libro de poesías
es el otoño muerto:
los versos son las hojas
negras en tierras blancas,

y la voz que los lee
es el soplo del viento
que les hunde en los pechos
– entrañables distancias –.

El poeta es un árbol
con frutos de tristeza
y con hojas marchitas
de llorar lo que ama.

El poeta es el médium
de la Naturaleza
que explica su grandeza
por medio de palabras.

El poeta comprende
todo lo incomprensible,
y a cosas que se odian,
él, amigas las llama.

Sabe que los senderos
son todos imposibles,
y por eso de noche
va por ellos en calma.

En los libros de versos,
entre rosas de sangre,
van pasando las tristes y
eternas caravanas

que hicieron al poeta
cuando llora en las tardes,
rodeado y ceñido
por sus propios fantasmas.

Poesía es amargura,
miel celeste que mana
de un panal invisible
que fabrican las almas.

Poesía es lo imposible
hecho posible. Arpa
que tiene en vez de cuerdas
corazones y llamas.

Poesía es la vida
que cruzamos con ansia
esperando al que lleva
sin rumbo nuestra barca.

Libros dulces de versos
son los astros que pasan
por el silencio mudo
al reino de la Nada,
escribiendo en el cielo
sus estrofas de plata.

¡Oh, qué penas tan hondas
y nunca remediadas,
las voces dolorosas
que los poetas cantan!

Dejaría en el libro
este toda mi alma…

7 de agosto de 1918, de Poemas sueltos

[¡Te he herido demasiado!]

¡Te he herido demasiado!,
pobre alma mía silenciosa y tierna.
Te lancé al vendaval de las pasiones
sin la coraza puesta.

Has sido sin saberlo
un prado de descanso a la Quimera
y han comido tus flores los pegasos
de los otros poetas.

Los niños que yo amaba
te quitaron los nidos. Las doncellas
enturbiaron tus lagos con reflejos
de sus bocas sangrientas.

de Poesías inéditas (1917-1919)

Madrigal apasionado

Quisiera estar en tus labios
para apagarme en la nieve
de tus dientes.

Quisiera estar en tu pecho
para en sangre deshacerme.

Quisiera en tu cabellera
de oro soñar para siempre.

Que tu corazón se hiciera
tumba del mío doliente.

Que tu carne sea mi carne,
que mi frente sea tu frente.

Quisiera que toda mi alma
entrara en tu cuerpo breve

y ser yo tu pensamiento
y ser yo tu blanca veste.

Para hacer que te enamores
de mí con pasión tan fuerte
que te consumas buscándome
sin que jamás ya me encuentres.

Para que vayas gritando
mi nombre hacia los ponientes,
preguntando por mí al agua,

bebiendo triste las hieles
que antes dejó en el camino
mi corazón al quererte.

Y yo mientras iré dentro
de tu cuerpo dulce y débil,
siendo yo, mujer, tú misma,
y estando en ti para siempre,
mientras tú en vano me buscas
desde el Oriente a Occidente,
hasta que al fin nos quemara
la llama gris de la muerte.

de Poesías inéditas (1917-1919)

Balada sensual

Una boca fresca de mujer
y mis labios sedientos
no pueden beber.

Sólo una rubia cadera entre el ramaje
apareció temblorosa.
Los senos se escondieron en celajes
de jazmines y rosas.

Una boca fresca de mujer
y mis labios sedientos
no pueden beber.

El alma llevaba en la frente harmoniosa.
Leda dulce suspiraba
sobre una luz espléndida y gloriosa
que el cisne le prestaba.

Una boca fresca de mujer
y mis labios sedientos
no pueden beber.

¡Ah el sexo! Nácar divino sobre oro,
jardín de sueños irisados,
manantial grave de pecados,
¡genial y único tesoro!

Una boca fresca de mujer
y mis labios sedientos
no pueden beber.

Se pierde la carne entre rosales.
Se da neblina en la pasión.
Brota en el alma la impotencia
y la ansiedad en el corazón.

Una boca fresca de mujer
y mis labios sedientos
no pueden beber.

20 de marzo de 1918, de Poesías inéditas (1917-1919)





                                               Federico Garcia Lorca




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